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martes, 13 de septiembre de 2011

La palabra del silencio



Mi mente actual es una quietud desnuda e impersonal,

Una palabra de visión clara e inconfundible,

Un volumen de silencio sellado por la divinidad,

Una grandeza pura de pensamiento y virgen de voluntad.

Una vez en sus páginas la ignorancia pudo escribir

Con un garabato del intelecto, la ciega conjetura del tiempo,

Y lanzar mensajes destellantes de luz efímera,

nutrimento para las almas que deambulan por la orilla de natura.

Mas ahora escucho una palabra mayor,

Nacida del rayo omnisciente, invisible y mudo:

es la voz que sólo el oído del silencio ha percibido

Y surge desde la luz, comisionada por la eterna gloria.

Todo cambia de una amplitud y paz continua

A un tumulto de gozo en un océano grandioso

de liberación.

 
Por Sri Aurobindo, 1939

Traducido al Español por la Rev. Yin Zhi Shakya, OHY [Hortensia De la Torre]





 

El destino y el libre albedrío





Por Sri Aurobindo

La suya es seguramente un alma limitada que nunca ha sentido las alas siniestras de un Destino que ensombrece al mundo, que nunca ha mirado más allá del círculo de personas, colectividades y fuerzas, y que nunca ha sido consciente del pensamiento inmóvil o de la certeza de una Presencia en las cosas determinando su marcha. Por otra parte, es el signo de un defecto en el pensamiento o de una nulidad del coraje y la lucidez en el temperamento siendo obstaculizado por el Destino o la Presencia escondida y reducida a una aceptación desalentadora – como si el Poder en las cosas nulificara o hiciera superfluas e improductivas el mismo Poder en uno mismo. El destino y el libre albedrío son solamente dos movimientos de una energía indivisible.

domingo, 20 de junio de 2010

El discípulo - Rabindranath Tagore




El discípulo


Tu lenguaje, Señor, es muy sencillo, mas no así el de los discípulos que hablan en
tu nombre.
Yo comprendo la voz de tus olas y el silencio de tus árboles. Comprendo la escritura
de tus estrellas con que nos explicas el cielo.
Comprendo la líquida redacción de tus ríos y el idioma soñador del humo en donde se
evaporan los sueños de los hombres.
Yo entiendo, Señor, tu mundo, que la luz nos describe cada día con su tenue voz.
Y beso en la luz la orilla de tu manto.
El viento pasa enumerando tus flores y tus piedras. Y yo, de rodillas, te toco en la
piedra y en la flor. A veces pego mi oído al corazón de la noche para oír el eco de tu corazón.
Tu lenguaje es muy sencillo, mas no así el de los discípulos que hablan en tu nombre.
Pero yo te comprendo, Señor.